Metamorfosis
Nos encontramos inmersos en un mundo convulso y convulsionado, que lucha por superar crisis a todos los niveles: sanitario, económico, tecnológico, vital…
Como señalábamos en un blog anterior, a esta circunstancia, hay que sumar un factor que nos hace aún más vulnerables ante dichas crisis y es la incertidumbre: desconocemos en qué horizonte temporal nos estamos moviendo, cómo van a afectar a nuestras futuras vidas estos cambios, se ponen a prueba los cimientos de toda nuestra existencia como colectivo, como civilización.
De esta forma, en un primer momento, debido a las expectativas generadas, habíamos realizado un suministro de energías suficiente para alcanzar las metas establecidas a corto plazo, mientras íbamos siendo conscientes según pasaba el tiempo, que el corto plazo no era suficiente, posponiendo dichas metas, como mínimo al medio plazo, en la mayoría de los casos al largo plazo. Estas sucesivas dilaciones nos encuentran con las energías mermadas -fruto de las previsiones fallidas-, hacen más angustiosa la espera, incrementan la incertidumbre, todo lo cual va haciendo mella en nuestro bienestar psicológico.
En consecuencia, ante estas embestidas, por encima de todos estos escollos, si algo realmente está cambiando, evolucionando, adaptando… somos, nosotros.
Estos cambios han impactado brutalmente sobre nuestra especie.
Como seres humanos, hemos sufrido una mutación, una eclosión, una sacudida que nos está haciendo replantearnos nuestro futuro, nuestra supervivencia, nuestra razón de ser.
En esta ocasión, de una forma más intensa y profunda, más urgente y veloz, nos estamos reinventando, reconfigurando, rediseñando una nueva escala de valores, nuevos principios, donde se incorporan nuevas variables, otras variables se han modificado, otras han desaparecido -simplemente recordarlas, nos haría sonrojar-.
Dichos cambios, han impactado de forma frontal con el resto de elementos a nuestro alrededor. Colateralmente, nuestras interconexiones, nuestras relaciones con el resto de personas, con la forma de consumir, cuidarnos, sentirnos, … se han transformado y tienen su reflejo en todos los sectores: comercio, alimentación, salud, hábitat. Este efecto en cadena ha ido arrastrando y modificando todas y cada una de nuestras decisiones, más meditadas, creando nuevas pautas, nuevos comportamientos que ya estamos interiorizando, que empezamos a reproducir de forma inconsciente, adaptándonos a los cambios producidos y a las “nuevas reglas del juego”.
Nos relacionamos con nuestro entorno de diferente manera, es un hecho. Estamos empezando a interactuar con él de nuevo, poco a poco, con precaución, redescubriéndolo, como desconocidos, como niños. Estamos reescribiendo nuestras interacciones con las personas, con las cosas, con los lugares, desarrollando nuevas costumbres, puesto que muchas de ellas carecen ya de sentido, no son viables.
Este cúmulo de hechos, efectos y repercusiones afectan, tienen repercusión en cómo nos relacionamos con todos y con todo.
Pese a que la interacción física con nuestros semejantes se haya visto limitada, no debemos dudar en afirmar que, sin embargo, la interacción emocional y como colectivo, se ha visto reforzada, acortando distancias, uniéndonos a un nivel más trascendental.
Nuevas relaciones, nuevas exigencias.
Dicha dicotomía lejanía-cercanía es extrapolable, tiene su reflejo, en el resto de relaciones que establecemos a nuestro alrededor.
Por consiguiente, ahora mismo, el acceso al ámbito personal-individual, requiere superar unos requisitos previos diferentes y más exigentes. Poniendo la mirada en el individuo y en su ámbito personal, otras condicionantes son las que determinan sus elecciones, de forma que adaptar el resto de variables y elementos a su alrededor, supone por tanto una exigencia, un reto, una prueba de fuego, a la que debemos dar respuesta. Un cambio de paradigma que da como resultado personas más exigentes, sumamente conscientes de los efectos de nuestras acciones, más responsables con nuestro entorno, su sostenibilidad, la repercusión de nuestras decisiones y su relevancia sobre el conjunto de la sociedad.
Por tanto, las organizaciones deben dar respuesta a estas nuevas exigencias, adaptándose al nuevo paradigma, no hacerlo será crucial para su futura existencia.
Las circunstancias por las que estamos atravesando han actuado como un resorte que nos ha hecho replantearnos cada decisión que tomamos. Ahora nuestros procesos de elección tienen en cuenta otros componentes. Cuando “dejamos entrar” algo en nuestras vidas, deberá cumplir unos requisitos mínimos, debe ser relevante ahora y respetuoso con nuestro futuro, más conscientes que nunca del futuro que estamos construyendo. Ya no todo vale.
La exigencia es alta para estar a la altura de las circunstancias, debiendo aportar y siendo significativos para el conjunto de la sociedad, incorporando dichos principios en procesos, productos y servicios, así como en el conjunto de las organizaciones.
Estas nuevas exigencias en las interrelaciones incluyen:
- Ser respetuoso con el planeta y su sostenibilidad
- Digno de confianza
- Justo
- Responsabilidad
- Empatía
- Honestidad
- Ecológico
- Saludable
- Reciclable.
El siguiente paso será alinear estas variables, la mentalidad de las organizaciones, del entorno y el mercado, para que puedan dar respuesta a estas expectativas ahora primordiales.
Aquellos objetivos tradicionalistas, patrimonialistas, quedan obsoletos.
En siguientes artículos, ahondaremos en los factores de cambio que transformaron a las personas y convergen en el nuevo cliente del siglo XXI.


